• Titulo

    Escrito en la roca : correspondencias entre los petroglifos y las vanguardias artísticas del siglo XX
  • Autor (es) / Colaborador(es)

    Camilo Morón / Adrián Lucena G. / Neida Rosa Urbina / Esther Morales Maita
  • Institución

    Universidad de Los Andes - Facultad de Humanidades y Educación - Escuela de Letras
  • Tipo Documento

    Trabajo especial de grado
  • Resumen

    Español

    El Estado Falcón cuenta en su Patrimonio con una de las muestras más ricas y diversas de petroglifos en Venezuela; se les halla en la línea costera –El Supí, Adícora, Playa de Cucuruchú–, en la sabana árida –El Mestizo, Piedra Pintada, Los Pozones, Cerro Frío, Tupure– y en el sistema montañoso de la Sierra de San Luis, región donde se encuentra el Parque Nacional Juan Crisóstomo Falcón, donde en su proximidad se destacan las estaciones de Cabure, San Hilario, El Ramonal, Carayapa, Viento Suave, San José, Los Riegos y Hueque, semejantes en sus símbolos – espírales, rostros cuadrangulares, círculos concéntricos y círculos radiados, manifiesto predominio de figuras antropomorfas– y estilos: grabados en bajorrelieve de 0,5 cmtrs de profundidad por 1,2 cmtrs a 2,0 cmtrs de ancho, disposición armoniosa de los motivos; pudiendo quizás hablarse de una estación que cubre una vasta superficie de varios kilómetros cuadrados; “siendo –asevera el Ejecutivo del Estado Falcón–, sin lugar a dudas, el conglomerado de arte rupestre más grande de Venezuela.” Aseveración aún por verificar. Igualmente, cabe mencionar la estación Cueva del Indio, en el Parque Nacional Morrocoy, visitada por Perera en la década de los setenta y descrita en la revista de la Sociedad Espeleológica Venezolana; o los petroglifos de Casigua que ocuparon la atención de Pedro Manuel Arcaya a comienzos de la pasada centuria; o bien la estación cercana a Taimataima, que fueron registrados y descritos por Cruxent; o los petroglifos cercanos a la población de El Mestizo, visitados por Hernández Baño, asociados a una significativa tradición oral, a tal punto que se les conoce como Los Santos, evocando ecos de sacralidad. Los petroglifos tienden un puente entre la sensibilidad primieva amerindia hasta la plástica de las vanguardias, suerte de vasos comunicantes como lo testimonian las obras de J. M. Cruxent y Oswaldo Vigas. Conviene que destaquemos el rasgo más singular de las inquietudes científicas de Cruxent: su sentido estético. Sin duda, el gusto por el dato, por el informe científico, por la descripción exacta, presentes están en sus trabajos; empero, sus inquietudes artísticas, incluso filosóficas, son fibra permanente en su obra. Su perseverancia aguda y tenaz se patenta en el estudio atento de nuestro pasado más remoto y de su lenguaje artístico, en su ser prístino y esencial. La obra capital de Cruxent, en coautoría con Irving Rouse, arqueólogo de la Universidad de Yale, intitulada Arqueología Cronológica de Venezuela, publicada por primera vez en 1958, va de la mano de ese sentido genuinamente artístico y científico. Se trata de una obra clásica, de consulta obligada en los estudios de la venezolanidad. Como pintor, Cruxent formó parte de la avanzada del impresionismo abstracto en nuestro país, dándole un impulso vigoroso. Alrededor del año 1960, participó en la fundación del movimiento informalista, con el grupo celebérrimo “El Techo de la Ballena”, en alianza con Carlos Contramaestre, Juan Astorga, Juan Calzadilla, entre otros artistas destacados. El nombre de Cruxent es para la plástica venezolana sinónimo de audacia, compromiso y lealtad para con lo telúrico de nuestra tierra y nuestro pueblo. La vida y la obra de José María Cruxent trascurren armoniosas, sin disonancias, por un mismo cauce de equilibrio, reflexión, sencillez y refinamiento. Su actitud vital y su postura artística se hermanan en un todo, que no es sino el resultado intencionado de una labor profunda, cuyo fruto ha sido una obra genuina, libertaria. La vivencia ancestral y la modernidad son dos luces que en Cruxent unen sus fulgores para dar nacimiento a una constelación de obras compuestas con la minuciosidad de un orfebre y la pasión de un aeda. Al tratar la obra de Oswaldo Vigas, la crítica del arte en Venezuela, pues no ocurre lo mismo en otros horizontes donde es igualmente conocida y celebrada, suele, casi invariablemente, referirse a las Brujas; denota ello dos rasgos de esa crítica: un apego –diríamos cerval– a la tradición y otro, que no es sino una variable de lo anterior: un culto a las opiniones consagradas. Si hemos titulado algunas de nuestras líneas aludiendo a las Brujas, así lo hemos hecho por afán lírico, por mor de nocturnidad, por cariño y encanto de lo místico. Vigas, en sus cambios continuos, en sus búsquedas abundantes, ha permanecido fiel a sí mismo…: “Lo que he tratado de ser siempre es rigurosamente Oswaldo Vigas.” Unidad en lo esencial y pluralidad plástica caracterizan una producción genuina, radicalmente intuitiva, necesaria y desgarradoramente poética. Desde El Fantasma del Músico, obra de adolescencia, pasando por Megatu y Concretización, productos de madurez audaz, hasta las Criaturas, de irónica libertad, pasa un mismo hilo conductor: búsqueda de profundidad: expresión de humanidad. Como artista que ha estudiado los lenguajes varios de las vanguardias –surrealismo, cubismo, expresionismo–, recurre a ellos con maestría; aunando a las síntesis violentas de las post-vanguardias –constructivismo, informalismo–, un universo personal y colectivo, ancestral y moderno, plural y poético nacido de las manos de Vigas. La obra de Vigas es testimonio de americanidad, un arco vital que se tiende en el panorama de las búsquedas varias del arte moderno, hundiendo vigorosamente sus raíces en un Cosmos vivo de imágenes y mitos ancestrales. Son obras de lo creativo americano en su diálogo con lo universal.